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CATEQUESIS V: Creo en el Espíritu Santo

CATEQUESIS V: Creo en el Espíritu Santo

02 de Junio de 2015 -
Creo en el Espíritu Santo
 
El Espíritu Santo es Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que une al Padre y al Hijo en un amor infinito y eterno. Dios es amor y así se nos ha querido dar a conocer.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado(Rm 5,5).
 
 
EN LA CREACIÓN
            Desde el principio de la creación, el Espíritu Santo es quien da vida a todas las cosas y las llena de su belleza y bondad.
 
La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad,
y el espíritu de Dios se movía sobre el agua. (Gn 1,2)
 
            En el origen del mundo no está la casualidad sino un acto de amor. Descubrir la presencia del Espíritu Santo en la creación nos ayuda a reconocer y valorar la obra más preciosa: el ser humano. El Libro del Génesis explica cómo ha sido creado del “barro de la tierra” al que Dios insufló su aliento. El agua que forma el barro y el aliento son signos del Espíritu Santo, de lo que entendemos que en nuestra propia constitución como seres humanos somos habitados por el Espíritu Santo… existimos gracias a su Presencia en nosotros por lo que somos imagen y semejanza del Dios vivo.

 
HABLÓ POR LOS PROFETAS
            El Espíritu Santo inspiró a los profetas lo que tenían que comunicar al pueblo de parte de Dios y anunciaron que el Espíritu Santo sería enviado en los tiempos del Mesías para regalar a los hombres un corazón nuevo, una nueva forma de vivir en santidad que por nuestras solas fuerzas no somos capaces de alcanzar.
 
Os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

(Ez 36, 26-28)
           
EN LOS TIEMPOS DE JESÚS
            El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en su Bautismo para derramarse después sobre toda la Iglesia.  El Espíritu Santo actúa con su poder en el Mesías para realizar su misión, como profetizó Isaías:
 
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Nueva a los pobres,
la libertad a los cautivos y a los ciegos la vista,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19)
 
            Jesucristo, después de su Resurrección envió al Espíritu Santo sobre sus discípulos reunidos con la Virgen María en la fiesta de Pentecostés. El Espíritu Santo hace el milagro de convertir a los apóstoles en otro Jesús.
            Cuando llegó la fiesta de Pentecostés, todos los creyentes se encontraban reunidos en un mismo lugar. De repente, un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde ellos estaban.  Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se repartieron posándose encima de cada uno.  Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran. (Hch 2, 1-4)
            Pentecostés también es hoy. Jesús Resucitado ha subido al cielo pero sigue presente entre nosotros en la vida de la Iglesia. El Espíritu Santo hace posible  por los Sacramentos y la oración, el ministerio de los obispos y sacerdotes, la predicación del Evangelio y el amor fraterno, que el mismo Jesucristo se siga acercando a cada persona para abrazar, sanar, perdonar, liberar y salvar. 
            Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con vosotros (Jn 14,16)
DONES DEL ESPÍRITU SANTO
            Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor (Is 11, 1-3)
            El Espíritu Santo es quien nos une a Jesucristo y nos regala los mismos dones que le fueron dados a  Jesús. De esa manera somos renovados, estrenamos un corazón nuevo, a semejanza del corazón de Jesús.
Sabiduría: nos hace estar a gusto con Dios y sentirle cercano. Experimentamos su amor gratuito e incondicional.
Temor de Dios: nos ayuda a reconocer que somos humanos y no “superman”. Pero, sobre todo, nos regala confianza y gratitud. Nos hace entender que nuestra vida está en manos de Dios y desarrolla en nuestro interior el amor a su voluntad por encima de todas las cosas.
Entendimiento: nos ayuda a conocer y vivir de corazón los Misterios de Dios.
Ciencia: abre nuestros ojos para reconocer la bondad y la grandeza de Dios en las personas y en todas las cosas que Él ha creado por amor.
Fortaleza: en este Don superamos miedos y complejos. Dios pone su amor en los momentos más difíciles y complicados para que nos mantengamos fieles y no nos dejemos vencer por el desaliento.
Consejo: ilumina para conocer lo que Dios quiere de nosotros mostrándonos qué es lo que nos lleva a la alegría y a la paz y lo que nos separa de ella.
Piedad: nos ayuda a buscar a Dios y a orar desde el corazón.
 
LOS CARISMAS DEL ESPÍRITU SANTO
            Son dones sobrenaturales que el Espíritu Santo regala para que podamos enriquecernos unos a otros. Los carismas no son de “uso propio” sino que los recibimos siempre para el beneficio de los demás.
            San Pablo explica la diversidad de carismas en los capítulos 12 y 13 de la Primera Carta a los Corintios.
            De esta manera entendemos que la Iglesia es una familia, en la que nadie es autosuficiente o mejor que los demás, sino que todos nos necesitamos unos a otros, aportando los carismas que Dios nos regala, teniendo la primacía sobre todo y en todos  el amor.
 
 
FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
            El Espíritu Santo nos va cambiando y eso se nota. Estos son los frutos que provoca en nosotros su venida: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.   (Gálatas 5,22-23).
 
            Te darás cuenta que todo esto no es una conquista de tus fuerzas sino la consecuencia de llevar en tu corazón la Presencia del Espíritu Santo. Por tanto, si te falta alegría o amor es la señal de que necesitas pedir al Espíritu Santo que descienda sobre ti.
 
 
Oramos al Espíritu de Dios:
Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido.
Luz que  penetras las almas, fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped  del alma, descanso de nuestro esfuerzo.
Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego.
Gozo  que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del alma si tú le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo.
Doma el espíritu indómito. Guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
 

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