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Catequesis VII: La confesión ante la Misericordia de Dios

Catequesis VII: La confesión ante la Misericordia de Dios

17 de Mayo de 2016 -
La confesión de los pecados en el Sacramento de la Reconciliación es para muchas personas una auténtica prueba. El miedo suele ser el enemigo que nos paraliza para poder expresar y sacar hacia fuera lo que llevamos dentro. Tenemos miedo a la reacción del sacerdote y miedo también a exteriorizar nuestra propia debilidad  y darnos cuenta que somos pobres y pecadores. 

 
 
 
 La necesidad de confesar
ante la Misericordia de Dios.
Una experiencia de libertad y curación
 
 
Los seres humanos “somos en relación”
            La confesión de los pecados en el Sacramento de la Reconciliación es para muchas personas una auténtica prueba. El miedo suele ser el enemigo que nos paraliza para poder expresar y sacar hacia fuera lo que llevamos dentro. Tenemos miedo a la reacción del sacerdote y miedo también a exteriorizar nuestra propia debilidad  y darnos cuenta que somos pobres y pecadores.
            Sin embargo, nadie es capaz de ser médico de sí mismo… ni podemos crecer en la vida sino saliendo del egocentrismo para abrirnos al “nosotros”. Desde la relación con Dios, en el encuentro con las mediaciones que Él nos ofrece en la vida, podemos recibir la medicina que nos cure en nuestras heridas y nos fortalezca en la debilidad.
            Dios es un Dios de mediaciones que podemos ver y tocar, porque nosotros nos relacionamos a través de los sentidos. No hay relación si los sentidos no entran en juego.
            La experiencia de la Fe cristiana, que tiene como centro la Encarnación del Hijo de Dios, nos ofrece una “mística de los sentidos”, es decir, del encuentro con el Señor a través de lo concreto, de lo que puedo ver, tocar, gustar, oler y oír.
            No es lo mismo imaginarme que alguien me dice un “te quiero” a escucharlo. Ni fantasear con un abrazo a recibirlo…
            Relación significa confiar, aprender a descansar en el hermano y convertirse uno mismo también en lugar de acogida de las fatigas, los sufrimientos y la debilidad de los otros. De esta manera, Jesucristo sucede y pasa por nuestra vida sanando y liberando.
            Así podemos entender el valor curativo de la “confesión de los pecados” en el Sacramento de la Reconciliación.
 
Confesamos la Fe en el Amor misericordioso de Dios
            Confesar es “profesar la Fe en comunidad”. Por eso, el primer paso en el Sacramento  es el acto de Fe en la Misericordia divina que nos espera y acoge a través de la persona del sacerdote y también de la Presencia de toda la Iglesia, que al celebrar la Reconciliación se une para orar e interceder para el perdón de los pecados. Nunca es un acto privado y solitario entre dos personas (penitente y sacerdote) sino eclesial. Esta realidad se hace más sensible en las celebraciones comunitarias de la Reconciliación.
            Recapacitar en esta confesión de Fe personal
y comunitaria del Amor incondicional
y misericordioso de Dios ayuda también a vivir
una auténtica conversión, en relación al Señor
y en relación a los demás. No basta pedir perdón
a Jesús y quedarnos en un inmovilismo
hacia los otros… perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden… y también
“como también nosotros
pedimos perdón a los que hemos ofendido”.
 
 
Descubrir nuestras heridas 
            Para ser sanados necesitamos expresar aquello que nos duele, sacándolo a la luz. El ocultar lo que nos hace ser más frágiles o aquello que nos ha hecho daño es lo que impide ser curados.
            La confesión rompe, justamente, con esta dinámica de “ocultar” para presentar nuestras heridas ante el Médico que tiene poder, desde su ternura y su compasión, para curar y hacer nuevas todas las cosas.

En el Evangelio, cuando Jesús se encuentra
con la realidad doliente, toma la iniciativa
 para provocar que la persona se descubra,
exprese, comunique…
La mirada del Señor se dirige
a las entrañas, a lo que está escondido
y Él conoce…. y conociendo ama.
Desde esta mirada recuperamos la luz
y la libertad para conocernos auténticamente
a nosotros mismos y sincerarnos.
 
           
            La confesión de los pecados forma parte del Sacramento de la Reconciliación porque tiene este valor terapéutico. A través de la mediación del sacerdote, confesamos “cara a Dios” que nos ama… ante Él nos descubrimos.
 
 
Confesar con sencillez
            La Iglesia pide que la confesión de los pecados se haga según número y especie. Esto no significa que una confesión bien hecha sea la “milimetradamente exacta” sino la que es sincera, concreta y objetiva.
 
Estos tres adjetivos son importantes:
           
-sincera: vengo a confesar mi debilidad y mi herida; no mis éxitos, ni mis logros ni lo “bien que hago las cosas”.
 
-concreta: expreso mi realidad tal como es, sin justificaciones ni con excesivas culpabilidades. Explicamos aquello que nos está separando de Dios, de los demás y que nos hace daño a nosotros mismos, pero sin necesidad de ser exageradamente “puntillosos”. No hace falta. Hay que ir a la raíz y no tanto a la “hojarasca” de aspectos o cosas que no tienen tanta importancia.
Tampoco confesamos la vida de los demás (mi marido, mi mujer, mi vecino)… confesamos lo nuestro.
 
-objetiva: confesar las acciones que realmente son pecado según la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia, y no según mi subjetividad o mis emociones.
 
 Sobre el diálogo con el sacerdote
            El sacerdote puede dar un consejo o hacer alguna pregunta que aporte luz y nos ayude a profundizar sobre la Misericordia de Dios que vamos a recibir. Con todo, este diálogo no es el centro del Sacramento.
 Aunque se puede celebrar dentro de una conversación que enriquece, no es bueno identificar “acompañamiento” con “Sacramento”. Quizá en algunas ocasiones necesitemos el Perdón sanador de Dios y se reciba sin muchas palabras… Lo más importante es la disposición interior a acoger la Misericordia divina y ser renovados por la acción del Espíritu Santo, aunque no haya dado tiempo a dar muchas explicaciones ni por parte del penitente ni por parte del sacerdote.
 
 
¿Y los pecados que se me olvidan confesar? ¿Y los pecados ya confesados que siguen culpabilizando?
            Dios perdona todo. Sólo la falta de sinceridad es lo que cierra las puertas a la Misericordia de Dios y hace que el Sacramento no provoque en nosotros ni conversión ni curación.
            Si por olvido no hemos confesado algún pecado grave, aunque haya sido perdonado, lógicamente es necesario ponerlo en la siguiente celebración en manos de Cristo.
           
            Con los pecados graves confesados y perdonados, que puedan volver a nuestra mente y afectar a nuestra conciencia, el camino para la paz no es volverlos a confesar sino hacer un acto de Fe en el perdón de Dios y dejarlo en su misericordia.
 
Ante la imposibilidad de confesar…
            La confesión de los pecados es necesaria para recibir la gracia del Sacramento de la Reconciliación. Ahora bien, existen circunstancias graves que imposibilitan la confesión de los pecados: enfermedad, accidente… Basta en esos casos la disposición sincera de arrepentimiento para acoger la Absolución y recibir el Perdón de Dios. Nunca nos olvidemos que “el cumplimiento de la Ley” es un medio para transmitir la Gracia de Dios y no un fin en sí mismo.
 
            La Iglesia reconoce también la posibilidad de la Absolución general sobre todos los penitentes sin necesidad de hacer la confesión particular de los pecados. Esta práctica se reduce a ocasiones muy particulares y marcadas por la autoridad del Obispo. Con todo, cuando sea posible, los que han celebrado de esta manera extraordinaria el Sacramento del Perdón, deberán hacer la confesión particular de los pecados posteriormente.
 
 
Sobre el sigilo sacramental
            Confesamos ante Dios… no ante el sacerdote. Éste es una mediación, un hermano, que descansa nuestras heridas a los pies de Cristo… pero lo que ha oído no es para él sino para Dios.
            El sigilo sacramental es el silencio que el ministro debe guardar de todo lo que ha escuchado en confesión, porque no es suyo.
            De esta manera, entendemos mejor el sentido profundo de la confesión de los pecados, como un descubrimiento de nuestra realidad débil delante de Jesús, y en la confianza y la serenidad de que podemos expresarnos con libertad, porque todo queda entre el Señor y nosotros.
 
            El silencio que obliga al sacerdote implica también que no puede tomar ninguna decisión o realizar cualquier cambio que sea en base a lo que conozca por Confesión y que de alguna manera pueda exteriorizarlo. De ninguna manera puede comentar nada que pueda identificar a la persona que lo ha confesado.
 
            Sólo con expresa autorización del penitente, espontánea y libre, podría hablar fuera del Sacramento sobre lo que ha escuchado dentro.     
 
            Como lo que el sacerdote conoce no es suyo, sino de Dios, podemos entender que no hay razón que justifique la ruptura del sigilo sacramental, ni siquiera en casos graves, como podría ser un juicio o alguna situación semejante. Incluso en el caso de que la confesión no haya acabado con la Absolución Sacramental, el sacerdote está obligado a guardar silencio sobre lo que ha escuchado.
 
            El sigilo sacramental protege la intimidad de la persona que se acerca al Perdón y facilita la apertura de la intimidad para descansarla en Jesús.
 
            La persona que se confiesa no tiene por qué guardar silencio sobre lo que ha confesado ni sobre lo que el ministro le ha dicho.  En cambio, si un fiel, sin querer, escucha algo de la confesión de otra persona está obligado a guardar silencio.
 
            Es tan importante el sigilo sacramental que, el romperlo, supone para el ministro la pena de excomunión reservada a la Sede Apostólica.
 
 

Confieso que:
Eres Dios y eres bueno…
Que tu perdón no tiene límite…
Que tu ternura es inagotable…
Que mis pecados,
ofrecidos a tu Misericordia
son una gota en un océano.
 
Confieso tu Pasión,
tu Muerte, tu Resurrección,
que trae una vida nueva.
 
Confieso mi debilidad,
mi infidelidad,
y mis salidas y entradas de Casa,
en la seguridad de tu abrazo,
que me espera cada día
y me convence de una cosa:
tu amor no pasa nunca.
 
 
 
 


           
 

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